No soy ateo, y quiero explicarte por qué.
No soy ateo, y quiero explicarte por qué. Existe un principio universal, el de causalidad, que establece que todo lo que ocurre tiene una causa. Este principio, fundamental en la ciencia y la filosofía, sigue siendo inquebrantable. Incluso las partículas más teóricas, como los taquiones, jamás lo han logrado desafiar. Si todo tiene una causa, entonces el universo, con toda su complejidad, también debe tenerla.
Esta causa es lo que muchos llaman Dios. No es necesario aferrarse a conceptos estrictamente religiosos para entenderlo. Dios, en su definición más básica, es el hacedor del universo, y esta idea trasciende credos o dogmas. Algunos cuestionan qué originó a Dios, pero eso supone que las leyes del universo aplican fuera de él. Sabemos que el tiempo y el espacio nacieron con el Big Bang, así que lo que lo causó no está limitado por nuestras nociones de temporalidad.
El universo es el efecto de una causa, y esa causa es lo que, en esencia, llamamos Dios. Una inteligencia que trasciende nuestra comprensión.
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